el-tejido-de-dosPor Carola Castillo

Delante de la pareja abrimos un espacio de fragilidad y de gozo. La vida nos trae fuerzas para atraer algo que definimos en el tiempo dentro del título o palabra amor. La vida apunta más a perpetuarse sin ningún principio que la descarríe fuera de la propia vida. Es como si entre la vida y la palabra amor no existiera acople o afinidad.

La vida como tal busca perpetuarse para continuar sobre la tierra. Los cambios hormonales, infidelidades o abandonos son algunas de las fórmulas que nos separan de nuestros grandes amores. Si pensamos en la vida como tal, sin especulaciones, dramas o enigmas, solo podemos ver la existencia en una línea directa e interminable. Pocas veces nos ponemos a madurar la idea de qué le puede importar a la vida el que nuestros corazones vivan en permanente zozobra. La vida intenta por todos los medios abastecerse hasta cumplir su cometido. Es por esto que hay una edad donde la atracción entre un hombre y una mujer es poderosa y plena. Es en este momento donde todo debe fraguar para la continuidad de la existencia.

La edad, las historias de nuestras propias familias, traumas, temores, y frustraciones comienzan a ocupar el lugar protagónico en la pareja cuando la fuerza de la atracción comienza a disminuir.

Las estructuras se ven violentadas y entonces el amor se esfuma como si nunca hubiese existido. Mientras más relaciones tenemos más difícil será sostener algún compromiso con la persona que creemos amar o la que se encuentre de turno en la línea. Nos vemos renunciados muy pronto y nunca sopesamos que hemos perdido la paciencia para vernos crecer y ser mejores seres humanos ante el otro que una vez más llamamos “amor”.

Las fuerzas se esfuman y ante tanta confusión emocional algunos renuncian al amor, lo traicionan y optan por la llamada soledad, asumiendo que lo mejor es no exponerse a las posibles heridas que el ser amado nos pudiera propiciar una vez más. Perdemos la oportunidad de conocernos en el otro y los hacemos acreedores de nuestras propias miserias sin darnos cuenta de que finalmente perdimos la batalla al luchar contra la artífice de todo: la vida.