Por Karina Milgramel-mundo-es-tu-espejo

En nuestra vida cotidiana necesitamos de objetos o personas que estén fuera de nosotros para poder conocernos a nivel físico o corporal. En la práctica, la manera más común que utilizamos para saber cuál es el color de nuestros ojos, del pelo, la forma de nuestra figura, la forma de nuestra nariz, si tenemos algo en la cara, el cómo nos vemos con la ropa que llevamos puesta, entre muchas otras cosas es, ya sea a través de nuestra reflexión en un espejo o a través de cómo nos describen los demás.

Lo mismo ocurre con nuestro mundo interior. El mundo exterior funciona como un espejo de lo que llevamos o somos por dentro, y que muchas veces no estamos conscientes. Todas nuestras experiencias, nuestro medio ambiente, nuestra realidad y nuestras relaciones reflejan piezas de nosotros mismos que de lo contrario no podríamos identificar.

Cuando vemos características o conductas en los demás que nos perturban emocionalmente estamos mirando características o conductas de nosotros mismo. Cuando nos afecta la actitud que los demás tienen hacia nosotros en un momento dado estamos mirando el reflejo de cómo nos relacionamos con nosotros mismos.

Este reflejo que nos devuelve el espejo externo es una herramienta muy poderosa, porque nos ayuda a conocer quiénes somos realmente y a darnos cuenta de aquello que necesitamos transformar en nosotros mismos para conseguir el bienestar interior que tanto anhelamos.

Por ejemplo, cuantas veces nos encontramos diciéndonos “siento que todo el mundo vive criticándome” o “todo el mundo me critica”, “nadie me valora”, “mi familia me culpa por todo”, “mis amigos siempre terminan traicionándome”, “no puedo confiar en nadie”. Lo que realmente está ocurriendo, y no nos percatamos, es que esa es la manera como nos tratamos a nosotros mismos. Les pregunto entonces ¿Qué cosas se dicen cuando comenten un error? ¿Acaso tienen una voz interior que los critica o los juzga constantemente? ¿Se dan ustedes el valor que se merecen? ¿Eligen complacer a los demás a costa de satisfacer sus propias necesidades? ¿Se abandonan a sí mismos para conseguir aprobación externa? ¿Se mienten a sí mismos para no tener que sufrir?

¿Por qué hemos rechazado o no vemos aspectos de nuestro mundo interior?

Al nacer cada uno de nosotros trae consigo una esencia, una manera de ser única y natural que se manifiesta desde muy temprano, y que se ve muy clara cuando somos pequeños. Además como seres recién llegados al mundo, no sabemos de modales, prejuicios, obligaciones, responsabilidades, conductas apropiadas, normas sociales, y restricciones.

Luego, en la etapa de la niñez sólo queremos ser libres, espontáneos, divertirnos, no tener responsabilidades y recibir mucho amor.

Pero los padres tienen una agenda diferente con respecto a lo que sus hijos pueden o no hacer, el cómo deben ellos comportarse, vestirse, sentir, decir, pensar, entre otras. Ya sea que su intensión sea la de procurar por el bienestar de sus hijos, o de educarlos para que puedan integrarse a la sociedad o de que se comporten como adultos para que sus vidas sean más fáciles. De ahí que nuestros padres y los adultos a nuestro alrededor decidían por nosotros cuando obrábamos “bien” y cuando no, y nos castigaban o nos reprimían cuando nuestra conducta era considerada “mala” o “incorrecta”.  Por lo tanto, desde chiquitos comenzamos a experimentar y a tomar consciencia sobre la desaprobación de aquellos que participaron en nuestra crianza llámense padres, maestros, vecinos, curas o rabinos, familiares o amigos.

Como niños no teníamos el poder de defendernos porque dependíamos de los adultos para sobrevivir, entonces muchos de nosotros optamos por complacer a nuestros padres rechazando, abandonando y bloqueando nuestra propia esencia. También  creíamos que para ser amado o aprobado por el mundo y para que nuestros padres fuesen felices teníamos que cambiar. Entonces, poco a poco, empezamos a “controlar” nuestra forma de ser y a moldear y rechazar nuestros sentimientos, formas de actuar, de comunicarnos o de pensar, con la intención de hacer lo “correcto”.

Este patrón permanece con nosotros inclusive cuando somos adultos y ya no vivimos con nuestros padres. A pesar de que somos autónomos en nuestras decisiones de cómo queremos vivir nuestra vida, queda la creencia de que debemos procurar presentarle al mundo la mejor versión de nosotros mismos para que nos aprueben, nos quieran y podamos pertenecer, a la vez que empujamos hacia las catatumbas internas esas características que deterioran nuestra imagen  y que nos hacen sentir que no valemos nada, o nos hace sentir avergonzados, o que somos malos o imperfectos.

El propósito de trabajar con la reflexión que nos ofrece el espejo es el de integrar todo aquello que hemos rechazado en nosotros mismos para poder liberar nuestra esencia y recuperar la Unidad interior, a la vez que mejora enormemente la relación con los demás. Este trabajo nos encamina en la toma de responsabilidad sobre nuestra vida y nos ayuda a recuperar el poder personal.

A continuación te invito a que cuando una persona genere en ti una reacción fuerte o juicio, ya sea positivo o negativo sigas los siguientes pasos:

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